martes, 12 de agosto de 2008

¿Cómo comprar drogas en Bogotá?

Sales un poco ansioso. No hay nadie en el ascensor. El viejo ascensor. Con los botones como teclas. En los pasillos, semiiluminados tampoco. Al abrir la puerta de vidrio templado, pesada y algo oscura el frío viento viento capitalino golpea tu cara, baja por tu cuello y llega a las extremidades. Estás inmerso en el aire. De reojo miras los cerros y te sabes un ave a punto de despegar de las alturas. El terreno se enconge y emprendes el camino. Cada paso que das es un golpe al viejo cemento deteriorado por la naturaleza. La arquitectura es bellísima. Pronto las luces que se cuelan por cada espacio que dejan las construcciones generan un ambiente propicio para la tertulia. Pero no vas a hablar. Con nadie. Ni siquiera con quien te topes de frente. El ceño fruncido y las orejas gachas. La mirada fija en el infinito y las manos dentro de los bolsillos apretando la plata una, y la otra el celular. Estás solo en la selva de concreto.


Muy pronto llegas a la carrera séptima y la concurrida calle te aborda como un río lleno de torbellinos. Las diferencias entre los transeúntes te embrujan. Pierdes la concentración y el ceño deja de estar fruncido. No puedes evitar ver el contraste de colores de las bufandas, de los peinados, de los estilos, de los que te parecen inocentes y los que te parecen peligrosos. Peligrosos. Hay algunos que te parecen peligrosos. Así que vuelves a fruncir el ceño y continúas tu camino. De vez en cuando mirando al suelo, fingiendo distracción. Sin embargo, no pierdes de vista cada detalle. Procurando que el río que avanza en tu contra no se de cuenta de ello, de que no pertences a él.

Justo antes de llegar al Museo Nacional, cruzas la calle. Entre oficinas abandonas el embrujo de la noche que la otra acera te daba. Las calles ya no están custodiadas por casas de colores y su composición ya no es más de grandes piedras coloniales. La luz ya no es amarilla y escasa y la ropa del río que ahora parece más un remanso se ha mudado a otras formalidades. El primer expendio de drogas está cerrado. Con una seña que más parecería indicar que alguien ha muerto, la encargada te anuncia que tu suerte no te acompañó ese día para garantizar la transacción con ella. Miras para un lado y para el otro y entre bancos vacíos encuentras mágicos cafés llenos de oficinistas y yuppies modernos que debaten sobre el futuro del país y cruzan la pierna como señoritas o como artistas (los cuales suelen ser delgados y pueden hacerlo). Miras a lo lejos el otro expendio y lo encuentras abierto. En la línea de visión está el Museo Nacional. Como si fuera un castillo que impacta con su belleza iluminada de amarillo. Hay unos cuantos jugando frisby en sus jardines. La policía se para imponente en la entrada y un deseo inminente te apura a entrar en él. Recuperas sin entender cómo, el sentido y miras de nuevo el expendio. "Necesito dinero" piensas. Entras a una pastelería hermosamente adornada y decides que cuando hayas comprado la mercancía también comprarás un postre para que no sea tan amarga la experiencia. Preguntas si conoce la ubicación de un cajero de tu preferencia cercano al lugar. Recibes la indicación y partes en busca de tu objetivo obviando todo lo demás. Está abierto y apenas entras una mujer aproximadamente de cuarenta años te saluda y te pregunta si puede atenderte. Le pides una amoxicilina de 500 miligramos. Ella te dice que sólo te puede vender el medicamente con fórmula médica. Sabes que no la tienes así que describes la enfermedad preguntando al mismo tiempo por otro medicamente de venta libre que pueda ayudarte. Ella te lo ofrece, pero no te gusta la marca. Preguntas por tu marca y descubres que no está y que la ponderación que ella tiene hacia ella no es la misma. Finalmente compras su sugerencia y te vas. En el camino recorres tus mismos pasos, pero ahora mirando todo diferente. Como si le hubieras dado la vuelta a una moneda. El edificio, el gran edificio de Colpatria palpita. Sus colores cambian a cada palpitación y le agregan magia a la noche. El frío te invade de nuevo y apuras el paso. Decides no cruzar por la pastelería sino dar la vuelta para llegar al cajero. Un militar lo custodia, pero aún así lo cierras con llave. El dinero que sacas no es prudente. Así que ahora te vuelves mucho más cauto alerta y rápido en tu paso. Un hombre de nombre italiano grita con una corbata colgada en su nuca a un cliente que le tendrá listo el traje para el miércoles. La pastelería está sola y un hombre solitario bebe café. Te recuerda al sicótico de Amelie que grababa las acciones de la mesera. Compras maracuyá y lulo. Son diferentes estos pasteles. Elegantes. Por el camino masticas un poco de la prueba que te dieron del pastel de amapola. Las pepitas negras, que no tienes claro a qué parte de la integridad de la planta corresponden estallan crujientes entre tus dientes.

Decides cambiar la ruta en el último momento y con agilidad subes una escaleras altas y rocosas. Entre árboles azules con mariposas de metal cruzas y llegas a un pequeño bosque más oscuro que la oscuridad misma. Lo atraviesas mirando como tres mendigos ahogan el frío entre marihuana. No quieres tener un destino igual. Así que los dejas en su traba y continúas tu rumbo. Te paras un instante para observar la belleza de la plaza de toros de La Macarena iluminada en la noche y el Planetario que le dice al oído que la gente de ahora ya no es como la de antes. Le han puesto un café que lo hace snob y que permanece vacío. Regresas al bosque y con cada paso la respiración se hace más difícil. Recuerdas que aunque tus manos constamente frías indican lo contrario tu sangre es caliente. Del pacífico. No está hecha para caminar la noche Bogotana, mucho menos en subida. Aún así, llegas y respiras profundamente con total irreverencia. Disfrutándolo. Tus pulmones fríos están listos. Regresas al refugio, entregas la mercancía y por la ventana observas de nuevo con nostalgia el palpitar de la torre.

2 comentarios:

Mauro Z dijo...

Un texto realmente interesante, le dan ganas a uno de vivir ese lugar y de salir huyendo de él.

Gracias J por compartirlo

pavel felipe navas montoya dijo...

vaya bocon no puede escribir sin tirar analogias de quinta y retocar la puerca ciudad con un misticismo afectad, ademas , no entiende nadade drpgas este gil, que se kede con sus pastelitos